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Teatro público... ¡qué tragedia! Ana A. Millás Mascarós
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las cosas no marchan bien (o mejor dicho, no marchan) para el teatro
público, no es ninguna novedad. Por desgracia es una constante que
se constata desde hace algo más de diez años. A todos los
niveles, y en todos los sectores, se encuentran deficiencias importantes,
con una falta casi total, de ayudas públicas.
Con frecuencia, oímos
decir que el teatro no vende, o que el teatro no interesa. A pesar de que vivimos en una ciudad de probadas inquietudes artísticas y cuna de grandes profesionales en todos los ámbitos, en materia de teatro la triste realidad es que tan sólo somos, comparándonos con ciudades de un similar número de población (e incluso menor), una discreta sombra que planea, tímida y difuminada, sobre una urbe tristemente adormilada en lo que se refiere a cuestiones escénico-culturales. Es verdaderamente lamentable y descorazonador leer en cualquier periódico los artículos que hablan al respecto, un día sí y otro también, de la terrible tragedia en la que está sumido el teatro público. Una tragedia insalvable e irrepresentable (a menos que surja una panacea milagrosa - ¿podría ser el entendimiento y el diálogo? - que nos libre del ostracismo), ya que muchos profesionales del panorama autóctono aguardamos, tras las bambalinas, con verdadera vocación e interés, a tener la oportunidad de poder actuar en nuestro propio entorno. Por este "pecado", somos discriminados, relegados y menospreciados por un ente que, lejos de ampararnos, proyectarnos y ensalzarnos, hace todo lo contrario, se cruza de brazos (quizás eso sería hacer algo) y programa, contrata y apoya a grupos foráneos y a personajes (más o menos encumbrados) que son gratos al César. Un ente que acaba sumiendo profundamente, con su arbitrario y discriminatorio proceder, a nuestros actores, actrices, directores, autores, etc, etc. en un insondable pozo de amarga negrura, y desliza sobre nuestra pasión por el teatro, una losa de eterna y pétrea desesperanza. La amarga realidad es que poco (o nada) contamos todos los colectivos autóctonos, relacionados con el mundo de las artes escénicas, para los que manejan a su antojo los hilos del deprimente y cutre "Teatro Público". Sirvan como prueba de ello las siguientes cuestiones elegidas al azar: - ¿Cómo se puede crear una ley de las artes escénicas sin contar con representantes del conjunto de todos los profesionales valencianos? - ¿Por qué no intervienen en la Bienal de las Artes dichos profesionales? - ¿Ni siquiera merecemos que se nos invite a acudir a los actos programados para dicha Bienal? - ¿Tampoco piensan contar con nosotros para la futura y utópica "Ciudad del Teatro"? - ¿Por qué no se reclama la presencia de representantes de dichos colectivos (mediante invitación claro está) en cuantos eventos sociales se realizan a lo largo del año y que se realizan en las salas de Teatres de la Generalitat? Pero, llegados a este punto, dejemos en suspenso éstas y otras muchas preguntas que se podrían formular sobre tantas otras cuestiones que, me atrevo a aventurar sin temor a equivocarme, no obtendrán respuesta por parte de aquellos a quienes verdaderamente correspondería replicar. Las cábalas nos las hacemos siempre los mismos, aquellos a los que nos agradaría contar con un respaldo firme por parte de la administración, y que hemos de contentarnos, a costa de gigantescos esfuerzos, con seguir trabajando desde el anonimato que supone no disponer de la garantía de una institución que quizás "disfruta" haciendo oídos sordos a todas nuestras quitas, por lo que consideramos que es nuestro patrimonio cultural. El teatro público... ¡Qué tragedia! Ratifico el titular de este artículo, pues a mi parecer, no existe peor mal que el que se consiente a sabiendas de que se podría evitar tan sólo atendiendo a razones y actuando con cordura.
Publicado
en el Bolletí nº 20
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