El regalo

Ana A. Millás Mascarós

 

 


 

   
Ana A. Millás


 

En ocasiones las personas que tenemos a nuestro lado pueden llegar a sorprendernos, sin importar el tiempo que haga que los conocemos, sin importar los años de convivencia ni las confidencias compartidas. Nuestras parejas nos pueden sorprender, gratamente en unas ocasiones y en otras... bueno… No voy a extenderme más en este tema, puesto que lo que voy a relatar es precisamente mi experiencia reciente de una sorpresa muy agradable con que mi pareja tuvo el acierto de obsequiarme. Me halagó y casi me atrevería a afirmar que me conquistó… un poquito más.

Mi relato sucedió no hace mucho, concretamente a principios del pasado mes de julio, mes en el que celebrábamos mi pareja y yo más de dos décadas juntos. El primero de julio, mi marido me sorprendió con un peculiar regalo.

Esa mañana al despertarme pude ver, estratégicamente colocado sobre la mesilla de noche, un misterioso sobre blanco apoyado entre el despertador y la lamparilla que atrajo poderosamente mi atención, como si fuera un luminoso de neón. Todavía soñolienta, pero presa de curiosidad, miré en su interior… ¿Qué podía contener aquel pequeño sobre en su estático silencio?… Impaciente, lo abrí y al comprobar su contenido una amplia sonrisa despertó en mi rostro. Se trataba de un par de entradas para el Teatro Lope de Vega de Madrid. La obra con la que me obsequiaba: "El fantasma de la ópera". El regalo, totalmente inesperado, me llenó de ilusión. Además de una ocasión para disfrutar de un fin de semana lejos de la rutina familiar, implicaba un paso adelante en nuestra convivencia. Jamás podría haber llegado a pasárseme por la cabeza que él, mi marido, mi compañero, mi amante, mi amigo, me obsequiase con un presente semejante. La razón de mi sorpresa es obvia ya que, a través de todos estos años de convivencia y, en la misma medida en que en mí ha ido creciendo el afán por conocer y profundizar dentro del mundo del teatro, a veces he llegado a tener la percepción de que, paralelamente, mi cónyuge ha llegado a desarrollar, un sentimiento de que, para él, el Teatro se ha convertido en un invisible rival. Es bien cierto que durante algunos períodos de tiempo al año es el Teatro el "culpable" que a menudo nos separa pero, eso sí, siempre momentáneamente. Por todo ello, el regalo constituía pues una prebenda altamente especial para mí.

El fin de semana elegido resultó ser para ambos una delicia. Madrid nos recibió con un tiempo espléndido, máxime cuando durante la mayoría de los días de esa misma semana la ciudad había estado tomada por intensas y caprichosas lluvias, algunas de ellas incluso habían llegado a ser torrenciales. Disfrutamos pues, con el beneplácito de la meteorología de un merecido y, por otra parte, cultural asueto. Recorrimos Madrid como hasta ese momento no habíamos hecho, pues aunque en diversas ocasiones habíamos tenido la ocasión de pisar sus calles, éstas habían resultado ser escalas de apenas un día, tiempo de todo modo insuficiente para disfrutar de la grandiosidad monumental de la capital de España. En esta ocasión también nos fue imposible acudir a todos aquellos rincones que nos hubiese gustado visitar. No obstante, sí tuvimos la oportunidad de saborear al menos con más calma del ambiente madrileño. Ni que decir tiene que la noche del espectáculo teatral resultó ser, desde el primer momento, perfecta. Poco antes de las diez de la noche, y ya instalada en mi localidad junto a mi marido, me dispuse a contemplar y a deleitarme con sumo agrado del regalo con el que él me había obsequiado. Para ello aguardé pacientemente al momento indicado para poder desenvolverlo y liberarlo del envoltorio, que en este era caso era, ni más ni menos, el instante en el que se alzase el telón y diese comienzo la representación. Curiosamente, conforme avanzaba la función y, a medida que se desarrollaban las diferentes escenas, comprobé con satisfacción que no sólo yo estaba disfrutando de la maravillosa y, por otra parte, magnífica y magistral puesta en escena. Para su propio asombro, mi pareja reflejaba en su semblante tanta o más expectación que yo por el desarrollo de los acontecimientos presentados sobre y alrededor del mágico escenario, y de los que era imposible captar toda la inmensidad de detalles escénicos y coreográficos, que sin cesar se sucedían ante nuestros curiosos y expectantes ojos.

Cuando llegó el final, satisfechos y con nuestros espíritus rebosantes, impregnados de la magia teatral, abandonamos nuestras localidades y nos enfrentamos a la suave noche madrileña. Ya en la calle proseguimos con un ejercicio inhabitual en nuestra relación, el comentario de diferentes aspectos del desarrollo de la función todavía nítida en nuestras retinas y en nuestro pensamiento. Anduvimos a pie el trayecto hasta las cercanías del café Gijón, dejándonos acariciar por la calidez de nuestra fluida conversación y por la agradable temperatura que teníamos el placer de sentir. Un poco más tarde, pletóricos de sensaciones, cogimos un taxi y nos dirigimos hacia el hotel.

Si, aunque sólo fuera por un instante, mi marido creyó que el hecho de regalarme las entradas constituía todo un acierto, dio de pleno en la diana. Pero, de lo que además estoy segura es de que él jamás penso que el obsequio que me hacía no era única y exclusivamente para satisfacer mi persona. Quizás, sin proponérselo ni ser consciente de ello, logró el efecto dominó y consiguió realizar un regalo compartido que, sin duda, contribuyó a convertir un simple presente de aniversario en un regalo muy, muy especial... ¡Enhorabuena!


NOTA: Si me admiten una sugerencia... "Prueben alguna vez a regalar Teatro".


Valencia, noviembre 2003

Publicado en el Bolletí nº 32
(Taula Valenciana d'Autors Teatrals)